20.12.09


No es el calor húmedo del cuerpo bajo las sábanas.

No es la noche silenciosa atravesada por un viento tibio.

No es ni la posición incómoda, adoptada a fuerza de darse vueltas en la cama.

Es la respiración. Por lo tanto, el suspiro. Profundo e irregular, casi en contratiempo con los repentinos latidos del corazón. Sólo la respiración traduce lo sofocante, agitado y terrible de una pesadilla.

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